Yo me solía tomar un helado que me gustaba mucho en una horchateria y siempre, siempre me pedía el mismo, porque me encantaba. Nunca me pedía otro sabor aunque a lo mejor llegara a gustarme mas, no quería cambiar de helado, podréis pensar que soy caprichosa, que puede que lo sea un poco. Pero, no es eso. No soy caprichosa. Soy una persona a la que no le gustan los cambios y mucho menos si esos cambios son radicales, es decir, cuando algo pasa de ser de una forma a ser todo lo contrario. No me gusta que nada cambie, si las cosas me gustan de una forma me gustan de esa forma, no quiero que cambien ni para mejor ni para peor. Muchas veces eso se pone en mi contra. Me encariño con las cosas, con las personas y con su forma de ser, y eso hace que me acabe decepcionando. Y por eso me cuesta mucho decir adiós. Decir adiós a una persona que me importa, a un amigo, a un familiar, incluso a un curso de instituto.. aunque sea solo por un tiempo.
Siento, que este verano he cambiado. Ya no soy igual que antes. A ver, no es un cambio radical, son pequeños detalles en mi forma de ser que puede que los demás no noten, pero yo si y si os digo la verdad, no me gusta. No me gusta nada, ya os he explicado que no soy una fanática de los cambios y mucho menos si esos cambios se producen en mi y lo peor es que intento cambiarlos otra vez, volver a los de antes, y no puedo. Es cierto eso que dicen de que hay cosas que cambian en esta vida y por mucho que te esfuerces en volver a cambiarlas, es un cambio irreversible y tu no puedes hacer nada. Y eso a mi me provoca una impotencia que pocas veces he llegado a sentir.

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